Siempre gusté de entre tanto contagio prejuicioso sacarle belleza al desdén tenebroso y dramático que alumbra a Serbia. El teatro ha sido la ventana a partir de la cual he visto parte de la belleza de este país, y he aprendido a través de sus espectáculos a percibir un país más plural y enigmático que lo que la ignorancia internacional ha hecho recaer sobre las espaldas de su población. Es cierto que pese a rodearme por muchos y mágicos instantes de actores, escritores noveles y realizadores, he perdido por el camino matices que me harían llegar a las puertas de una Serbia más honesta y transparente que la que ahora conozco. Esa distancia involuntaria me ha permiti
do a través del teatro que no se reduzca la empatía que siento por su denostada imagen exterior. El orgullo patrio, el embrutecimiento intelectual y las altas dosis de cerrazón que pueden guíar los ritmos de cualquier país se ven contradichos por un arte que excede de sus fronteras artísticas. No querría construirme una opinión de este país a través de la sola óptica de una actriz, mas reconozco que pesa en mi opinión sojuzgada la figura de Nataša Ninković por encima de otras, a la espera de que una nueva actriz ocupe este puesto de todas capricho pasajero. Los que dicen ser entendidos me han insistido que tal actriz se queda corta respecto a las de su generación, como Danijela Mihajlović, a la que se le atribuye más talento y mejor prensa. Posiblemente sea cierto, pero esta serbia de Trebinje (Bosnia-Herzegovina) guarda en sí un empuje arrebatado, visceral e indomable que salpica el escenario de energía y vitalidad, tal como disfruté en "Transilvania", excelente obra de Dragan Nikolić. Nataša Ninković despierta el instinto intimidatorio y fatal que persigue al animal enjaulado, y que irremediablemente me inspira un sentimiento semejante al que me acompaña con Serbia. Tal como Arthur Miller señaló el teatro es el único arte que se "enfrenta a sí mismo", y de ahí parte su atractivo más seductor, de que el periodo de indefinición política, económica y social que vive este país sea sólo una ficción velada de realidad en donde sus personajes principales, secundarios y extras son interlocutores de un guión que nos enfrenta a un escenario complejo e imprevisible como es el de Serbia.
do a través del teatro que no se reduzca la empatía que siento por su denostada imagen exterior. El orgullo patrio, el embrutecimiento intelectual y las altas dosis de cerrazón que pueden guíar los ritmos de cualquier país se ven contradichos por un arte que excede de sus fronteras artísticas. No querría construirme una opinión de este país a través de la sola óptica de una actriz, mas reconozco que pesa en mi opinión sojuzgada la figura de Nataša Ninković por encima de otras, a la espera de que una nueva actriz ocupe este puesto de todas capricho pasajero. Los que dicen ser entendidos me han insistido que tal actriz se queda corta respecto a las de su generación, como Danijela Mihajlović, a la que se le atribuye más talento y mejor prensa. Posiblemente sea cierto, pero esta serbia de Trebinje (Bosnia-Herzegovina) guarda en sí un empuje arrebatado, visceral e indomable que salpica el escenario de energía y vitalidad, tal como disfruté en "Transilvania", excelente obra de Dragan Nikolić. Nataša Ninković despierta el instinto intimidatorio y fatal que persigue al animal enjaulado, y que irremediablemente me inspira un sentimiento semejante al que me acompaña con Serbia. Tal como Arthur Miller señaló el teatro es el único arte que se "enfrenta a sí mismo", y de ahí parte su atractivo más seductor, de que el periodo de indefinición política, económica y social que vive este país sea sólo una ficción velada de realidad en donde sus personajes principales, secundarios y extras son interlocutores de un guión que nos enfrenta a un escenario complejo e imprevisible como es el de Serbia.BBBBBBBB
Nataša Ninković en el trailer de la pelćicula "Klopka"
