miércoles 30 de enero de 2008

El animal enjaulado

Siempre gusté de entre tanto contagio prejuicioso sacarle belleza al desdén tenebroso y dramático que alumbra a Serbia. El teatro ha sido la ventana a partir de la cual he visto parte de la belleza de este país, y he aprendido a través de sus espectáculos a percibir un país más plural y enigmático que lo que la ignorancia internacional ha hecho recaer sobre las espaldas de su población. Es cierto que pese a rodearme por muchos y mágicos instantes de actores, escritores noveles y realizadores, he perdido por el camino matices que me harían llegar a las puertas de una Serbia más honesta y transparente que la que ahora conozco. Esa distancia involuntaria me ha permitido a través del teatro que no se reduzca la empatía que siento por su denostada imagen exterior. El orgullo patrio, el embrutecimiento intelectual y las altas dosis de cerrazón que pueden guíar los ritmos de cualquier país se ven contradichos por un arte que excede de sus fronteras artísticas. No querría construirme una opinión de este país a través de la sola óptica de una actriz, mas reconozco que pesa en mi opinión sojuzgada la figura de Nataša Ninković por encima de otras, a la espera de que una nueva actriz ocupe este puesto de todas capricho pasajero. Los que dicen ser entendidos me han insistido que tal actriz se queda corta respecto a las de su generación, como Danijela Mihajlović, a la que se le atribuye más talento y mejor prensa. Posiblemente sea cierto, pero esta serbia de Trebinje (Bosnia-Herzegovina) guarda en sí un empuje arrebatado, visceral e indomable que salpica el escenario de energía y vitalidad, tal como disfruté en "Transilvania", excelente obra de Dragan Nikolić. Nataša Ninković despierta el instinto intimidatorio y fatal que persigue al animal enjaulado, y que irremediablemente me inspira un sentimiento semejante al que me acompaña con Serbia. Tal como Arthur Miller señaló el teatro es el único arte que se "enfrenta a sí mismo", y de ahí parte su atractivo más seductor, de que el periodo de indefinición política, económica y social que vive este país sea sólo una ficción velada de realidad en donde sus personajes principales, secundarios y extras son interlocutores de un guión que nos enfrenta a un escenario complejo e imprevisible como es el de Serbia.
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Nataša Ninković en el trailer de la pelćicula "Klopka"

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domingo 27 de enero de 2008

Ptičica (“pajarito”)


Dos pescadores aún ríen en Kraljevo desde mi visita. Ríen como niños grandes desencajados a horcajadas, henchidos de gozo. Esas dos carcajadas de espasmos descontrolados que comenzaron a agitarse y se desvanecieron en el margen derecho del río Ibar días atrás. Dos hombres de paso firme y confiado que resolvieron hundir su punzado tino en mi orgullo como una victima que arrincona a su ladrón. Aquella palabra que significa “pajarita” salió de sus bocas repetidas veces al verse enfocados por mi cámara como si ya conocieran mi indefensión. Una palabra que mi carpetovetónica garganta, curtida en un castellano de patatas bravas y potaje de garbanzos aún no ha logrado pronunciar correctamente en lengua serbia tras muchas desternillantes intentonas para regocijo de mis acompañantes serbios. Todo sea dicho… Dos pescadores rompieron el cenizo ambiente del río Ibar al ritmo de “Ptičica, Ptičica, Ptičica” tal como en nuestras tierras ibéricas suena el “patata, patata, patata…” ante la inminente fotografía; y mi cámara y yo ridiculizados por mi impertinencia y atrevimiento… “Ptičica, Ptičica, Ptičica”… seguirán aún repitiéndose los pescadores con sorna, y recordándomelo la hiriente compañía balcánica que busca rapiña entre mis debilidades.